sábado, 18 de julio de 2009

UNIR LA PIEDAD PERSONAL CON LA LABOR EVANGELIZADORA

"Conservaos en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna" (Judas 21). Somos la familia de Dios, somos sus hijos y él nos ha de instruir en relación a lo que habrá de acontecer en el futuro. Se requiere una actitud vigilante y una búsqueda ferviente como preparación para los solemnes eventos que pronto se desencadenarán. Los hombres y mujeres perfectos en Cristo no debieran invertir todo su tiempo de espera en la meditación y la contemplación. En tanto nos consagremos en quietud a la meditación y oración, cuando nos alejamos de la excitación y el bullicio para establecer comunión con Dios y determinar cuál es su voluntad para nosotros, no debemos olvidar que tenemos que comunicar un mensaje de advertencia al mundo. Enoc caminó con Dios y llevó un mensaje de advertencia a los habitantes del mundo antiguo. Sus palabras y acciones, su ejemplo de piedad, fueron un testimonio constante en favor de la verdad. En una época que no favorecía el desarrollo de un carácter puro y santo, como la nuestra, él vivió una vida de obediencia. Tan llena estaba la tierra de impurezas que el Señor la lavó con un Diluvio. Fue como si el mundo se hubiese vuelto al revés a fin de vaciarlo de toda corrupción. Enoc era santo porque caminó con Dios como el Señor quería. En su experiencia el mundo tuvo una representación de cómo serán aquellos que han de ser arrebatados en las nubes para encontrar al Señor en el aire en ocasión de su venida. Así como fue la experiencia de Enoc ha de ser la nuestra. La piedad personal debe marchar unida con las más enérgicas advertencias y llamamientos. Hemos de señalar lo que está ocurriendo y lo que pronto vendrá. Se nos ha instruido a ser, en lo que requiere diligencia, "no perezosos, fervientes en espíritu, sirviendo al Señor". Hemos de ser fervientes en nuestros esfuerzos por preparar el camino ante el Rey; en preparar un pueblo para la venida del Señor. En nuestro servicio al Señor debiera manifestarse un espíritu ferviente. Las lámparas del alma deben mantenerse llenas y encendidas. El servicio que rendimos a Dios requiere la integridad de la mente, del alma y de las fuerzas. Hemos de consagrarnos a Dios sin reservas, a fin de ofrecer una imagen celestial y no terrenal. Debe manifestarse un avivamiento de la sensibilidad, para que la mente pueda despertar plenamente a la labor que se debe realizar en todas las clases sociales, altas y bajas, ricas y pobres, educadas e ignorantes. Debemos revelar una ternura semejante a la del gran Pastor quien carga a los corderos en sus brazos y guarda su rebaño de todo mal y lo conduce por sendas seguras. Los seguidores de Cristo debieran manifestar ternura y simpatía y un intenso deseo de impartir las verdades que serán de vida eterna para todo aquel que las reciba.

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